TESTIMONIOS de la Segunda Adolescencia LGTB
No todas las historias de orgullo comienzan en la adolescencia. Algunas se posponen. O se silencian. O simplemente esperan el momento en que puedan ser vividas sin miedo. En este reportaje reunimos tres testimonios de personas que, ya en la madurez, han atravesado un proceso que muchos describen como una “segunda adolescencia” LGTB: el descubrimiento -o redescubrimiento- de la identidad, el deseo y la libertad en una etapa en la que, en teoría, todo debería estar ya definido.
Uno de los protagonistas ha decidido mostrar su rostro y su nombre. Los otros dos han optado por el anonimato. No es una casualidad ni un detalle menor. Que aún hoy haya quien prefiera proteger su identidad habla de contextos complejos, de trayectorias vitales atravesadas por responsabilidades, entornos laborales, familiares o sociales donde la libertad no siempre es absoluta.
Estas tres voces, distintas pero conectadas, nos permiten entender que el orgullo no tiene edad. Y que a veces vivir lo que no se pudo vivir a los 16 es también un acto profundo de valentía.

MUJER / 50 AÑOS / ESPAÑOLA / BISEXUAL
Su adolescencia fue, como ella misma explica, “muy hetero”. Creció en un entorno donde lo esperado era claro: formar una familia heterosexual. Y así lo hizo. Aquellas inquietudes que sentía entonces las interpretó como una etapa que terminaría pasando. No les dio espacio. Con el tiempo, sin embargo, llegaron la madurez y mucha reflexión. Fue entonces cuando decidió dar rienda suelta a sus sentimientos y empezó a entender todo aquello que le había ocurrido durante la adolescencia y que había quedado sin nombrar.
Su educación también influyó profundamente. Estudió hasta la universidad en un colegio de monjas, donde la autoexploración, el deseo y el sexo se movían entre el pecado y el vicio. De homosexualidad o bisexualidad, ni hablar. Ese contexto marcó durante muchos años su forma de comportarse y de relacionarse en la intimidad.
Lo más liberador de esta etapa ha sido aceptarse como es y quererse para poder querer de una forma más plena. Lo define como el acto más liberador de su vida. Lo más difícil, en cambio, ha sido explicarse ante los demás, especialmente ante familiares que no lo aceptan.
Desde que vive con mayor libertad, su vida afectiva y sexual se ha enriquecido de manera exponencial: ha pasado del “está bien” a disfrutar de una forma que antes consideraba impensable.
Si pudiera hablar con la joven que fue, le diría que no tenga miedo de lo que siente, de lo que piensa, de lo que es. Que hay mucha gente como ella. Y que salga a buscarla.
HOMBRE / 35 AÑOS / ARGELINO / GAY
Tiene 35 años, es argelino y durante mucho tiempo no supo exactamente qué le estaba ocurriendo. Explica que empezó a vivir algo diferente cuando salió de su país. “Sobre todo, empecé a vivir algo diferente en este país, porque yo en mi país no podía ser del todo libre”, cuenta. En Argelia, la homosexualidad no está bien vista, está más bien castigada, y él, sencillamente, no sabía lo que le pasaba. Por eso intentaba controlar todo tipo de impulsos.
Su juventud estuvo completamente condicionada por su entorno familiar. Tenía que aceptar un matrimonio que no quería, algo que define como “lo peor que me podía pasar”, porque sentía atracción por los hombres, no por las mujeres. El conflicto entre lo que era y lo que se esperaba de él marcó profundamente esos años.
Reconoce que lo más complicado fue asumir del todo que era gay. Desde hace cinco años comparte su vida con otro chico, su pareja. Sin embargo, su familia dejó de hablarle hace años. Aun así, afirma que lo más liberador ha sido precisamente eso: asumir por completo su sexualidad.
Hoy se quiere más. Ha podido disfrutar del sexo, probar cosas nuevas y, sobre todo, dejar de sentirse mal consigo mismo. Liberarse, disfrutar con su pareja y no sentir asco hacia sí mismo es, dice, lo más importante que le ha pasado en los últimos cinco años.
