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Nacidas para odiar

Los miembros del colectivo LGTBI, ademas de pertenecer a un colectivo con muchas letras, compartimos una tendencia a despreciar a los otros inexplicable, teniendo en cuenta el tiempo que hemos pasado agazapados en armarios por el desprecio a nuestra condición sexual.

Un día conseguimos salir del armario y deshacernos del miedo, nos enfrentamos al odio de esos que nos atemorizaban y aprendemos a ser felices con nuestra vida y nuestra condición sexual. Y en vez de aprender de la experiencia parecemos condenados a repetir los errores que nos hicieron infelices.

Una vez libres, en vez de disfrutar de nuestra vida con libertad, de enriquecernos de la diversidad que conforma nuestro colectivo, comenzamos a desarrollar prejuicios hacia nuestros iguales por razones absurdas. Y así el discriminado se convierte en discriminador.

Y es que cuando reivindicamos la igualdad estamos en lo cierto, los seres humanos somos todos iguales, en lo bueno, en lo malo y en lo peor, desgraciadamente.

PLUMOFOBIA

Solo hay que darse un paseo por el Grindr o cualquier app de ligue para descubrir el despreció de muchos homosexuales por otros homosexuales por el simple hecho de ser afeminados.

Algunos homosexuales solo quieren tener relaciones con homosexuales que no parecen homosexuales, como si comer un rabo a uno que no disloque la cadera les haga menos maricas, y no, queridas amigas, aquí todos somos maricones, tengas el cúbito más o menos relajado.

Despreciar a una persona por tener pluma es como despreciar a alguien por ser rubia, zurda o hacer un ruidito odioso cada vez que estornuda, es estúpido y reaccionario amigas, es homofobia interiorizada, y no hay nada más estúpido que una marica homófoba, bueno sí, el que tapa el teclado del cajero cuando pone el PIN y luego vota al PP, pero esa es otra historia.

Imaginaos a Paquirrín despreciando el autotune o a Falete los bocatas de panceta, pues eso es una mariquita discriminando a otra. Nenas de verdad, con tanta acomplejada no entiendo cómo aún quedan psicólogas en el paro.

PASIVOFOBIA

Tú eres activa y quieres echar un polvo y matas por encontrar una pasiva buenorra en el Grindr a la que empotrar como si no hubiera un mañana; pero cuando quieres insultar a otra marica la llamas “pasiva” y te quedas más ancha que larga. Eres muy pava mona.

Vamos a ver alma de cántaro, insultar y despreciar a lo que deseas te convierte en un puto bipolar, por no hablar del machismo inherente a este odio hacia los pasivos, como si el que da fuera mejor que el que recibe.

Follar mola, conoces gente y te lo pasas mejor que un niño saltando en un charco. No conviertas el sexo en una forma de categorizar e insultar a otros, limítate a disfrutar, tontoloba.

GERASCOFOBIA

La “gerascofobia” es el odio irracional a envejecer, algo muy común en nuestro colectivo. Yo lo llamo el síndrome de Benjamin Button. Este miedo irracional a envejecer nos convierte en unas putas talibanas con las personas de más edad, porque quizá vemos nuestro futuro grabado a fuego en cada una de las maravillosas arrugas de esas mariquitas mayores que parecen estorbarnos en el ambiente.

Envejecer significa vivir, y vuestra enfermedad, la juventud, es una de las pocas enfermedades que se pasan con la edad. Odiar a vuestras mayores, no es más que otra forma de odiaros a vosotras mismas, lerdas, que sois muy lerdas.

Tenéis la piel muy tersa, maricones, pero el cerebro muy flácido.

LESBOFOBIA

Despreciar a otros miembros de nuestro colectivo es también una manera de despreciarnos a nosotros mismos. La marica que asegura detestar a las lesbianas, la lesbiana que desprecia a los trans, los trans que desprecian a los bisexuales, y así en todas las combinaciones posibles. ¿Podemos ser más imbeciles?

Que si las bolleras son aburridas, que si las maricas promiscuas, que si los bisexuales son homosexuales que no aceptan su orientación sexual… y así hasta el infinito.

Almas de pollo, dejad que cada uno viva su vida y su sexualidad como le salga del potorro, del rabo o de ambos a la vez, que la vida es muy corta para tanto prejuicio.

La diversidad sexual y su visibilidad nos enriquece y nos empodera. Sin embargo, en vez de convivir y combatir los prejuicios que durante tanto tiempo nos han hecho sufrir, nos empecinamos en reproducirlos y perpetuarlos en el tiempo, es como si fuéramos pedaleando sobre una bicicleta y al mismo tiempo nos metiéramos palos en las ruedas. Eso hace que avancemos poco y lleguemos a meta tarde y sin dientes, tías.

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