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JOSERRA. Reconciliado consigo mismo (Segunda Adolescencia LGTB)

Hay historias que no empiezan cuando deberían, sino cuando pueden. Joserra es uno de esos hombres que crecieron aprendiendo a encajar antes que a sentirse, a cumplir expectativas antes que a escucharse. Durante años, el deseo, el afecto y la identidad quedaron en pausa, aplazados en un entorno donde ser diferente no solo era difícil, sino inaceptable.

Hoy, con la perspectiva que dan los años y la madurez, habla desde un lugar distinto: más libre, más consciente y más en paz consigo mismo. Su proceso no fue un gesto repentino ni una declaración ruidosa, sino una suma de decisiones íntimas, de valentía silenciosa y de honestidad radical.

En esta conversación, Joserra comparte lo que significó crecer ocultando partes esenciales de sí mismo y lo que supone, ahora, vivir sin pedir permiso. Un testimonio que recuerda que nunca es tarde para reconciliarse con quien uno es.

Revista BLUE.- Cuando miras tu adolescencia y juventud, ¿qué aspectos de tu orientación sexual y de tu forma de amar sentiste que quedaron pendientes o aplazados?

Joserra.- Durante muchos años quedaron aplazadas cosas muy básicas: poder desear sin culpa, enamorarme sin miedo y vivir el afecto de forma visible. En la adolescencia y la juventud aprendí a encajar, a cumplir expectativas y a esconder una parte esencial de mí. 

Hubo amor, pero no desde la verdad completa. Todo lo que tenía que ver con el deseo, la ternura o la intimidad entre hombres quedó en pausa, como si no tuviera derecho a existir todavía.

R. B.- Con el paso del tiempo, ¿en qué momento empezaste a darte cuenta de que estabas viviendo una etapa distinta, más libre o más alineada contigo mismo, aunque no le pusieras un nombre concreto?

J.- Empecé a notar que ya no quería seguir negociando conmigo mismo, que necesitaba estar en paz con lo que sentía. Aunque no supiera cómo llamarlo, sabía que algo estaba cambiando por dentro, y mi cabeza luchaba por averiguarlo. Ahí fue cuando salí de casa de mis padres y me independicé para explorar esa libertad que tanto deseaba.

R. B.- ¿Hubo un momento concreto -una persona, una decisión, una crisis o una revelación- que marcara el inicio de este cambio vital?

J.- Hubo una mezcla de decisión y de honestidad radical conmigo mismo. Asumirlo fue más un acto de valentía silenciosa que un gesto público. Me considero valiente ya que en mi entorno de amigos y familiar el ser maricón era algo malo, muy malo, ¡¡una enfermedad!!

R. B.- ¿Qué cosas has hecho o sentido que sientes que te debías desde hace años?

J.- Me debía permitirme amar sin esconderme, sentir sin justificarme y disfrutar sin culpa. Me debía la libertad de ser quien soy sin pedir perdón. También me debía la posibilidad de construir una relación desde la autenticidad, no desde el miedo o la adaptación constante.

R. B.- ¿Cómo ha cambiado tu relación con tu cuerpo, el deseo o la afectividad en esta etapa de tu vida?

J.- Ha cambiado mucho. Hoy hay más aceptación y menos exigencia. El deseo ya no está atravesado por la culpa, y la afectividad se vive con más calma y profundidad. El cuerpo deja de ser un territorio de conflicto para convertirse en un lugar habitable, propio y lleno de pasiones.

R. B.- ¿Qué papel han tenido —o tienen— los espacios LGTB, la comunidad o los referentes en este proceso personal?

J.- Han sido importantes, aunque no siempre desde el primer momento. Ver otras historias, otros cuerpos y otras formas de vivir ayudó a normalizar lo que durante años sentí como algo aislado y prohibido. Saber que no estaba solo, aunque llegara más tarde, fue clave.

R. B.-  Al vivir esto siendo adulto, ¿qué ventajas crees que tienes frente a alguien más joven? ¿Y qué dificultades específicas aparecen por la edad?

J.- La gran ventaja es la madurez: conocerte mejor, saber poner límites, saber lo que deseas y valorar lo esencial. Hay menos prisa y más conciencia. La dificultad es el peso del tiempo perdido, la sensación de haber llegado tarde a ciertas experiencias. Pero también entiendes que cada proceso tiene su ritmo.

R. B.- ¿Has tenido que reaprender a relacionarte con el amor, el sexo, la amistad o incluso contigo mismo?

J.- Sí, totalmente. Reaprender a amar sin miedo, a confiar, a mostrarme vulnerable. También a tratarme con más compasión. Cuando has vivido muchos años ocultando partes de ti, necesitas tiempo para reconciliarte contigo mismo. También aprendes de las amistades, de las buenas y de las malas, sobre todo de estas últimas, para no repetirlas, ya que hay gente que hace daño, y duele, pero soy fuerte y siempre he hecho frente a esa gente.

R. B.- ¿Cómo ha reaccionado tu entorno (familia, amistades, trabajo) a esta nueva etapa? ¿Te has sentido apoyado, cuestionado o sorprendido?

J.- Ha habido de todo. Personas de mi entorno familiar y amistades de la niñez y adolescencia que me han sorprendido positivamente y otras a las que les ha costado más. En general, más comprensión de la que esperaba. Y también he aprendido que no todo el mundo tiene que entenderlo todo para que yo pueda vivir en paz. Al que no le guste… ¡¡ya sabes!!

R. B.- Si pudieras hablar con tu “yo” adolescente, ¿qué le dirías hoy desde el lugar en el que estás ahora?

J.- “¡Joserra, no hay nada roto en ti!”. Que no está solo y que no tiene que correr, pero tampoco esconderse. Que Dios no lo va arreglar porque no hay nada que este mal; que llegará un momento en el que podrá vivir con libertad y que merecerá todo el amor que hoy cree imposible. ¡Adelante!

R. B.- Para otras personas adultas que sienten que llegan “tarde” a vivir su libertad o su identidad, ¿qué mensaje te gustaría dejarles?

J.- Que nunca es tarde para vivir tu vida, sin preocuparte de lo que digan los demás, yo lo hago día a día. No hay una edad correcta para ser quien eres. Cada paso hacia la autenticidad cuenta, vivir en paz contigo mismo siempre llega a tiempo. Y poder gritar en libertad: “¡me llamo Joserra y soy GAY!”

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