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El ChemSex

Por las noches, también en Bilbao, existen espacios donde hombres se reúnen para compartir algo más que sexo. En ellos se mezclan sustancias, deseo y una profunda necesidad de conexión.

A esa práctica se la conoce como chemsex, una palabra que une chemicals (químicos) y sex (sexo).

Aunque suele asociarse a la comunidad gay y bisexual, no es exclusiva de ella. En realidad, el chemsex refleja distintas formas de buscar placer, compañía y aceptación en un mundo donde el cuerpo y la química se convierten en lenguaje.


¿Por qué se practica?
Hablar de chemsex es hablar de la necesidad de conexión, de lo que hay detrás del deseo y del placer.

Para muchos hombres, estos encuentros no son solo una búsqueda de sexo o excitación, sino de contacto, pertenencia y validación. En un mundo que todavía carga con prejuicios hacia la sexualidad gay, el chemsex aparece como un espacio donde “todo vale”, donde el cuerpo se libera del juicio y las inhibiciones desaparecen.

En esos contextos, las drogas se convierten en una herramienta: no tanto para escapar, sino para atreverse a sentir sin miedo. Bajo sus efectos se borra la vergüenza, se diluyen los complejos, el cuerpo se desinhibe y lo que normalmente cuesta expresar —el deseo, la vulnerabilidad, la necesidad de afecto— parece fluir con naturalidad.

Pero lo que comienza como un impulso de libertad puede transformarse en un intento de huida.

Detrás de muchos relatos hay historias de soledad, ansiedad o dificultad para vincularse emocionalmente. Lo que en un inicio se vive como conexión puede acabar en aislamiento: encuentros sin profundidad, amaneceres sin memoria y una sensación de vacío cuando las luces se apagan.

Las aplicaciones de citas han hecho más accesible este tipo de experiencias. En minutos, una persona puede encontrar con quién reunirse en un chill, donde se comparte sexo, sustancias y una idea de comunidad.

A veces se percibe como una fiesta íntima; otras, como un intento desesperado de no sentirse solo.

En el fondo, el chemsex no nace del deseo de romper límites, sino del anhelo de sentirse parte de algo. De llenar un vacío con intensidad, de sustituir la ternura por euforia.

Tal vez esa sea su verdadera sustancia: la necesidad humana de ser vistos, tocados y comprendidos.


Detrás del placer
El chemsex puede ofrecer placer, pero también deja heridas profundas. La ansiedad, la depresión o la paranoia aparecen con frecuencia, acompañadas del aislamiento social y la pérdida de rutinas. A ello se suma la dependencia química y emocional, que poco a poco sustituye el deseo por la necesidad. Detrás de muchas de estas historias se esconde una misma urgencia: ser visto, ser querido y conectar sin miedo. Porque, más allá del consumo, el chemsex revela una búsqueda humana de afecto y pertenencia.

DrogaEfectos buscadosRiesgos asociados

Metanfetamina (Tina)

Euforia, excitación, deseo prolongado

Altísima adicción, paranoia, insomnio, daño cerebral

Mefedrona (Meph)

Euforia, estimulación, empatía

Riesgo cardíaco, ansiedad, dependencia

GHB/GBL (“G” o “Chorri”)

Relajación, placer, desinhibición

Sobredosis fácil, coma, paro respiratorio

Ketamina (“K”)

Disociación, anestesia emocional

“Agujero K”, accidentes, amnesia
Poppers
Euforia inmediata, relajación muscular

Mareos, riesgo cardíaco, pérdida de conciencia


El slamming
En los últimos años se ha extendido una práctica llamada slamming o slamsex: la inyección intravenosa de drogas (como Tina o mefedrona) para intensificar los efectos y prolongar el placer.

Esta vía de consumo hace que la sustancia actúe de forma inmediata, pero multiplica los riesgos:

• Transmisión de VIH y hepatitis por agujas compartidas.

• Infecciones cutáneas y abscesos.

• Colapso de venas y daños neurológicos.

• Mayor riesgo de sobredosis y dependencia emocional.

Más allá del riesgo físico, muchos describen el slamming como una experiencia adictiva también en lo emocional, asociada a una falsa sensación de fusión y conexión absoluta.


El agujero K
Cuando se consume ketamina en exceso, puede producirse un estado de disociación total conocido como “agujero K” (K-hole).

La persona siente que se separa de su cuerpo, pierde el control motor y puede tener alucinaciones o pánico intenso.

En un contexto sexual, esto supone un riesgo extremo de vulnerabilidad, ya que se pierde por completo la consciencia y la capacidad de reacción.


Hablar sin juzgar
Médicos, psicólogos, sexólogos y activistas coinciden: el juicio no ayuda; la información sí. El silencio, la culpa y el estigma son los peores aliados a la hora de abordar el chemsex. Lo fundamental es hablar sin miedo, ofrecer espacios de escucha donde las personas puedan compartir sus experiencias sin ser señaladas. Solo así se puede construir una prevención real, basada en la confianza y no en la vergüenza.

Acompañar también significa mirar con empatía, entender que detrás del consumo hay contextos emocionales, heridas, miedos y deseos legítimos de conexión. La respuesta no está en la condena moral, sino en la educación, el acompañamiento psicológico y la creación de redes seguras donde se pueda pedir ayuda sin miedo a ser juzgado.

Hablar del chemsex con respeto no es fomentar su práctica, sino romper los tabúes que la rodean y ofrecer alternativas para vivir el deseo y la conexión desde la libertad, la salud y el cuidado mutuo.

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