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BizkaiSIDA: hablar de chemsex sin miedo ni juicios


Hablar de chemsex es hablar de placer, de búsqueda, de conexión… pero también de heridas invisibles, de soledad y de una necesidad profunda de ser vistos sin juicio. En Bilbao, la asociación Bizkaisida lleva años trabajando desde la escucha y la empatía para acompañar a quienes viven o han vivido estas experiencias, sin moralismos ni etiquetas.

Comprender antes que juzgar

Desde Bizkaisida explican que el chemsex se define habitualmente como “el consumo sexualizado de sustancias, vinculado a la cultura sexual gay y caracterizado por largas sesiones de sexo individual o grupal”. Pero, como advierte Asier, portavoz de la entidad, “toda definición es limitada cuando hablamos de algo tan humano y emocional”.

El propio término “cultura sexual gay”, añade, puede ser problemático: por un lado, parece excluir a otras personas que también practican chemsex fuera del colectivo homosexual; por otro, la palabra “cultura” puede sugerir una normalización que no siempre existe.

Lo importante, insiste, no es tanto el nombre como romper el silencio. “El miedo, el juicio y la vergüenza son pésimas herramientas preventivas”, explica. “El estigma solo genera sufrimiento, tanto en quienes practican chemsex como en su entorno. Por eso el primer paso es poder hablar del tema abiertamente”.

En Bizkaisida no se trata de señalar a nadie, sino de acompañar desde el respeto. “No pedimos valentía al que pide ayuda -dice Asier-, bastante tiene con hacerlo. La responsabilidad es nuestra: crear espacios seguros donde pueda hablar sin miedo”.

Un fenómeno creciente

En los últimos años, el equipo de Bizkaisida ha detectado un aumento de personas que se acercan a la entidad con inquietudes relacionadas con el chemsex. Aun así, reconocen que los casos visibles son solo la punta del iceberg. “Sigue sin ser un motivo de consulta frecuente, pero intuimos que hay mucho más de lo que llega. Todavía cuesta hablar del tema o pedir ayuda”, señala Asier.

La asociación entiende el chemsex como un fenómeno complejo, donde sexualidad, salud mental y consumo de sustancias se entrelazan. Y ahí radica su dificultad: no se puede abordar desde un único ámbito. “Supone un desafío y un aprendizaje constante -dice-. Como organización que surgió de la respuesta comunitaria al VIH, siempre hemos estado cerca del colectivo LGTBIQ+, de las personas migrantes, de quienes usan drogas o ejercen el trabajo sexual. Por eso nos resulta natural implicarnos en esta realidad, que requiere coordinación con otros agentes sociales y sanitarios”.

Riesgos que van más allá del cuerpo

Cuando se habla de chemsex, la atención suele centrarse en los riesgos físicos: transmisión del VIH u otras ITS, sobredosis, mezclas peligrosas o infecciones derivadas del uso compartido de material. Sin embargo, para Bizkaisida, los riesgos emocionales son igual o más relevantes.

“El aislamiento es uno de los más devastadores”, explica Asier. “Cualquier adicción puede ocupar cada vez más espacio en la vida: más tiempo, más dinero, más energía. Si además detrás hay una historia de soledad o represión -por orientación sexual, por identidad, por miedo al rechazo-, ese vacío puede hacerse enorme”.

Otro riesgo común es perder la capacidad de disfrutar del sexo sin consumir. “A muchas personas les cuesta reconectar con el deseo o la intimidad sin la mediación de las drogas. Es algo que no se juzga, pero que requiere acompañamiento para entender qué hay detrás”, añade.

El “armario dentro del armario”: el slamming

Entre las prácticas asociadas al chemsex, el slamming -el uso inyectado de drogas en contextos sexuales- ocupa un lugar especialmente delicado. “Tiene un estigma incluso dentro del propio grupo que practica chemsex”, dice Asier. “Es como un armario dentro del armario”.

Por eso, cuando alguien llega a Bizkaisida con experiencias de slamming, lo primero es ofrecer un espacio libre de juicios. Desde allí se trabaja con herramientas concretas de reducción de daños: información sobre sustancias e interacciones, material preventivo (preservativos, lubricantes, jeringuillas estériles), test rápidos y gratuitos de VIH y otras ITS, e incluso derivación a servicios sanitarios o grupos de apoyo.

“Cada persona tiene su propio ritmo y su propia historia. Nuestro papel no es empujar ni prohibir, sino acompañar. A veces el primer paso no es dejar de consumir, sino aprender a cuidarse mejor mientras se encuentra otra manera de hacerlo”, explica.

Reducir daños, no culpas

El enfoque de Bizkaisida es claro: no todas las personas pueden o quieren abandonar el consumo de inmediato, y eso no las hace menos merecedoras de ayuda. Por eso trabajan desde el paradigma de la reducción de daños, ofreciendo información práctica sobre cómo minimizar los riesgos y potenciar la salud sexual y emocional.

“Cada caso es distinto. Algunos necesitan consejos sobre el uso de determinados objetos de consumo, otros información sobre interacciones con la PrEP o apoyo psicológico. Lo importante es adaptar la respuesta a lo que la persona necesita en ese momento”, explica Asier.

Y aunque el chemsex está presente en el discurso social desde hace algunos años, la falta de formación sigue siendo evidente. “Sí, falta información, y me incluyo”, admite. “Como profesionales, también necesitamos aprender, escuchar y formarnos desde la experiencia de quienes lo viven. Nadie conoce mejor el fenómeno que sus propios protagonistas”.

Prevenir sin criminalizar

Hablar de chemsex sin caer en el moralismo es un reto. “Existe una línea muy fina entre adaptar el mensaje para llegar mejor y señalar a quien lo necesita”, reflexiona Asier.

Por eso, desde Bizkaisida promueven una prevención basada en la empatía. “Lo primero es revisar nuestros propios prejuicios. No puedes acompañar a alguien si lo haces desde la superioridad. Hay que recordar que hablamos con personas adultas, no con alumnos a los que corregir. Desde ahí, el mensaje cambia: no decimos ‘la tina es terrible’, sino ‘la tina tiene un potencial adictivo muy alto’. Cambiar el enfoque cambia todo”.

Educación afectiva y libertad sexual

Para Bizkaisida, la educación sexual -especialmente la afectiva y emocional- es clave para que el chemsex no se convierta en una vía de escape. “Si viviéramos en una sociedad donde cada persona pudiera expresarse sin miedo, habría menos necesidad de buscar refugio en las drogas”, afirma Asier.

Educar en sexualidad no es solo hablar de preservativos o ITS, sino de deseo, consentimiento y autoestima. “Aprender a decir lo que quieres y aceptar lo que el otro quiere. Aprender a cuidar y a cuidarte. Incluso algo tan concreto como el uso del preservativo se ve afectado por esto: muchas veces no se usa por miedo a ser juzgado, a parecer desconfiado o poco deseable. Y ahí empieza el riesgo”.

Instituciones y comunidad: aliados necesarios

El trabajo de Bizkaisida no sería posible sin la colaboración de las instituciones públicas, aunque la relación no siempre es sencilla. “Tenemos personas aliadas en diferentes ámbitos que comparten nuestra visión y nos ayudan a llegar más lejos”, explica Asier. “Pero también atravesamos un momento difícil para muchas entidades del tercer sector: la financiación es limitada y las necesidades, enormes”.

Aun así, desde Bizkaisida insisten en que la respuesta al chemsex debe ser comunitaria. No se trata solo de médicos o psicólogos, sino también de asociaciones vecinales, espacios culturales, redes sociales y colectivos LGTBIQ+. “Cada agente puede aportar algo: un espacio seguro, una conversación sin juicio, un gesto de apoyo”.

La herida compartida

Detrás del chemsex hay, muchas veces, historias de dolor, ansiedad o desconexión emocional. Pero también hay un deseo legítimo de contacto y de pertenencia. “No hay monstruos, hay personas”, dice Asier. “Y eso lo cambia todo”.

El trabajo de Bizkaisida parte precisamente de esa premisa: tratar a quien llega con respeto, empatía y accesibilidad. “Son palabras que usamos mucho, pero no por repetidas pierden valor. Respeto para no sentirte por encima, empatía para entender sin juzgar, y accesibilidad para que pedir ayuda no sea una carrera de obstáculos”.

El acompañamiento empieza con algo tan simple como una pregunta: “¿En qué te puedo ayudar?”. “Esa frase abre puertas -dice Asier-. Permite que la persona marque el ritmo de lo que quiere contar. A veces, lo que más cura es poder hablar sin miedo”.

Romper el ciclo del silencio

El mensaje que lanza Bizkaisida a quienes practican chemsex o se sienten atrapados en ese círculo es claro y compasivo: “No eres una persona rara ni chunga. Puedes pedir apoyo y seguir siendo protagonista de tu proceso”.

Esa frase resume toda su filosofía: acompañar sin juzgar, cuidar sin arrebatar autonomía.

Recursos y acompañamiento

Desde la asociación insisten en que nadie debería sentirse solo. No hay un único camino para salir adelante, pero siempre existe alguien dispuesto a escuchar. Por eso ofrecen una red de apoyo anónima y confidencial, accesible por Teléfono o WhatsApp (609 039 900), donde cualquier persona puede recibir información sobre reducción de daños, material preventivo, o realizar pruebas gratuitas de VIH e ITS. También brindan acompañamiento presencial y derivaciones a servicios especializados, siempre desde la empatía.

Más allá del chemsex

Pero su labor va más allá del chemsex: hablar de esta práctica es hablar de soledad, deseo y de los límites que impone la sociedad a lo diverso.

Como recuerda Asier, “el silencio y el estigma también enferman y hacen sufrir, con virus o sin virus

Por eso Bizkaisida elige la esperanza: porque cada historia puede transformarse cuando alguien se atreve a hablar, y porque hablar -siempre- es el primer paso para sanar.

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