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Odio la Navidad

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Cuantas más veces escucho que la Virgen se está peinando entre cortina y cortina, más partidario soy de los estores. Me paso dos meses con unas ganas locas de que el puto río se deseque y los peces fenezcan deshidratados. Odio la Navidad y estoy convencido de que es un sentimiento recíproco, tías, la Navidad también me odia a mí.

Durante la Navidad me paso los días entre melancólica, de mala hostia y/o borracha perdida. Para más inri engordo. Mis niveles de acido úrico, colesterol y jaquecas alcanzan máximos históricos. Y por si fuera poco se me llena la casa de pijamas horrendos, calzoncillos antediluvianos, calcetines de estampados imposibles y bufandas como para alicatar el baño.

Odio tanto la Navidad que me paso las noches analizando qué fue lo que falló en la estrategia de Herodes. El año pasado mandé una carta a los del ‘Anís del Mono’ exigiéndoles que cambiaran el diseño de la botella, porque mi abuela tiene un Alzheimer en fase 3, pero a la jodida no se le ha olvidado lo de darle con el cucharón a la botella de los cojones. No ha habido respuesta.

Hasta que la combinación de luces estroboscópicas y villancicos no le provoque un ataque epiléptico a un niño, ningún gobierno va a hacer nada, me temo…

¿Os habéis dado cuenta de la cantidad de perfumes que se anuncian por la tele en estas fechas? Joder, no hay tanta mierda en el mundo para tanto perfume. Dicen que si entras al Corte Inglés y sales sin haber comprado nada te convalidan el camino de Santiago. Ahí es nada.

Mi capacidad de resistencia a la ñoñería es de una canción de la Oreja de Van Gogh, lo que equivaldría a tres citas de Paulo Cohelo; pero durante la Navidad me trago un álbum completo de los ñoñostiarras, metafóricamente hablando, cada 10 minutos. Es probable que muera de una sobredosis de dentera cualquier día de estos por culpa de los anuncios de turrón, lotería y los impertinentes villancicos sonando a todo trapo en cada esquina. ¿Quién coño escribe las letras de esas putas tonadillas?

“Hator, hator mutil etxera, gastainak ximelak jatera” (ven a casa chaval a comer castañas asadas) te cantan, y esperan que vuelvas como alma que lleva al diablo a casa. ¿Castañas asadas? ¿Eso es todo lo que se te ocurre para incitarnos a volver al redil? Tiéntame con una mariscada, una play station o Jon Kortajarena envuelto y con un lacito y, quién sabe, es probable que vaya raudo e incluso me ponga de castañas hasta las cartolas, cante esos putos villancicos e incluso le haga los coros con la pandereta a la abuela y su puñetera botella de ‘Anís del Mono’.

Y para colmo, para una vez que se te cuelan hombres en casa, un escandinavo, un carbonero vasco y tres chulos del Oriente, en vez de echarte un polvo te regalan esos calzoncillos antediluvianos, los calcetines de estampados imposibles y las putas bufandas. Navidad, ¿acaso no es para odiarla?

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