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Bésame… bésame poco

Llega la Navidad. No es una amenaza, aunque lo parezca, amigas, es una puta realidad. La puta Navidad, perdón por lo de Navidad, se distingue de cualquier otra época del año en una cosa, y no, no es la aparición de bombillas de colorines adornando nuestras calles, tampoco el uso y abuso del villancico como modo de tortura, ni siquiera por los empastes que nos terminamos tragando por comernos el jodido turrón a mordiscos… No tías, la navidad se distingue de cualquier otra época del año por la proliferación de los gestos de amor entre los seres humanos, como si de repente el mundo se hubiera convertido en un cuarto oscuro y todos hubiéramos perdido la vergüenza y la dignidad o nos hubiera poseído un oso amoroso provisto de cantidades ingentes de burundanga.

Repentinamente todos nos besamos y abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida y, lo que es peor, como si nos importara. Gente que conoces de pasada, de soslayo para las pijas, pasan a ser “personas humanas” cariñosas que te besan, abrazan y desean lo mejor para ti y tu familia. La muchedumbre se torna acosadora y no hay juez que te proteja con medidas cautelares como órdenes de alejamiento o detenciones masivas.

Incomprensiblemente este virus se propaga a velocidad de vértigo e infecta a toda hija de vecina para, inexplicablemente, desaparecer por sí solo hacia el 7 de enero, sin antibiótico ni vacuna que valga. Y así cada año, y la OMS ahí parada, como si en vez de velar por nuestra salud tan sólo fuera el plural de un mantra hinduista, tías.

En fin, que no me voy a extender en explicaciones de obviedades de las que nadie parece percatarse y voy a pasar directamente a la profilaxis informativa, amigas, es decir, os voy a poner al corriente de los tipos de aterradores besos que recibiréis estos días, por si acaso la enfermedad no os ataca y os da una isquemia del susto cuando el primer desconocido que se cruce con vosotras se os lance a la yugular.

El beso clásico
Los dos besos de toda la vida. Generalmente llegan sin esperarlos, es por ello que hay que estar atento a la hora de la reciprocidad no vayáis a terminar dándoos un cabezazo que os lleve a urgencias. Lo digo porque en “Osakidetza” el hilo musical se adapta a la época y podéis morir de un ataque de empalago a cuenta de los villancicos.

El beso pijo
Son los dos besos de toda la vida, sólo que en este caso ninguna parte del cuerpo entra en contacto, lo que obliga a susurrar una onomatopeya que indique que el beso se ha llevado a cabo. Según el nivel de estupidez de los que besan la onomatopeya irá del sonido más realista al “pus pus” de Neguri.

El beso de la madre
El beso madre está en las antípodas del pijo. Si éste último evita el contacto a toda costa, el beso madre no sólo no lo evita, sino que se regodea en él. Cada uno de los besos se desparrama en cada una de tus mejillas en una interminable pedorreta. Es muy típico de familiares con una edad ya avanzada y de señoras que no conoces pero que paradójicamente ellas sienten como si te hubieran parido.

El beso del oso
El beso del oso, también conocido como el beso trampa, es aquel que tú ves venir, pero nunca llega a hacerse realidad. Y en vez de beso recibes un abrazo rompevertebras, un “paquete con paquete, pechito con pechito” de libro que te pilla a contrapié y te deja sin respiración. Este beso es muy típico de cuñados, familiares desconocidos y gente que se cree que tú les quieres lo mismo que ellos a ti, y ni de coña maricones.

El beso percutor
El beso percutor es aquel que se repite insistentemente como si fuera “el despacito” a lo largo y ancho de tu cara. Son besos cortos y reiterativos, como una versión electrominimal de la pedorreta materna. Este beso es muy de personas con trastornos de ansiedad, de hecho dicen que es así como se propagan estos trastornos, tías.

El beso húmedo
El beso húmedo es ese que te dan esas personas que no saben mantener la boca cerrada ni para besar, no sé si porque carecen de psicomotricidad o porque tienen una querencia a dejar sus babas en mejillas ajenas, como si su ADN fuera “el no va más de la compresa” y se sintieran obligados a esparcirlo por el mundo. A veces estos besos son de tal intensidad que también se les conoce como “el beso de la vaca”. Si les dejas te peinan con raya al medio de un lengüetazo.

Un piquito es el beso en los morros de toda la vida, consiste en fruncir los labios hasta que parezcan un ano y juntarlos con los labios fruncidos del otro, y está bien si es consentido y/o buscado, el problema es que en estas fechas tan señaladas, vaya usted a saber por qué, un montón de personas deciden fruncir sus labios y darte un morreo como si fueran Jon Kortajarena y tú estuvieras soñando despierta. Es el beso más invasivo e inesperado. Llega cuando menos te lo esperas, acompañado de unas manazas que te agarran de la nuca y te obligan a devolverlo. A veces llega con tal intensidad que terminas tragándote un chicle que no es tuyo. Si en vez de chicle lo que descubres es una lengua que no es tuya, ya no es un piquito, amiga, es un morreo en toda menstruación. Si es una polla, es que eres una suelta, mona.

Llegados a este punto ya sabréis que la Navidad no es una de mis celebraciones favoritas, así que si me veis por ahí saludadme con un circunspecto “aúpa” y evitad a toda costa besarme, que lo mismo os doy una hostia con la mano abierta que vais a ver la estrella de Belén hasta marzo, maricones.

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